Primera feria del libro argentino (1943)

Hoy desperté con la noticia de que la revista Ínsula había llegado a AHiRA. No sabía nada acerca de la revista, así que entré a leer por curiosidad. Me encontré con un interesante artículo sobre la Ilíada (no por su contenido, sino por cómo discute contra los analistas puntualizando en Wolf) y continué leyendo. Hacia el final, encontré una nota sobre la primera Feria del Libro argentino de 1943, acontecimiento del que no tenía noticia. Lo transcribo aquí abajo, solo porque me pareció interesante.

La primera feria del libro argentino, organizada por la Cámara Argentina del libro.

Esta muesra del libro argentino ha sido una recíproca revelación para los editores y el pueblo.

El pueblo de Buenos Aires, incluso la gente que sólo entra a una librería para comprar un texto de escuela a sus hijos, tuvo ante sus ojos, al alcance de sus manos, hojeó y leyó trozos de gran parte de la producción editorial de los últimos años. Los editores a su vez no esperaban esa enorme y continua afluencia de público (unas 2.200.000 personas) que se llevó libros por un monto superior a los cálculos más optimistas. Ahora saben de su presencia real y que la expresión público lector no es una mera entidad verbal. Fueron decenas y decenas de millares los compradores; y lo serán muchísimos más, a poco que la orientación editorial impresa por los industriales del libro se afirme, y se generalice entre ellos la convicción de que, si bien la del libro ─como toda industria─ persigue un fin de lucro, es una industria sui-generis, y de que es sabia directiva, productora de nuevas ganancias y satisfacciones, atender con cuidado creciente a la faz espiritual de sus tareas.

El progreso alcanzado, así en la faz material del libro como en octros aspectos ─diversidad de materias, número de autores, responsabilidad de directores y traductores─, es uno de los índices de nuestro nivel social. De este auge debemos alegrarnos todos porque sus beneficios ─además del evidente que nos proporciona la lectura─ son de los que se reparten más difusamente por todos los ámbitos de la sociedad: la perfección gráfica del libro, depurando el gusto del público, lo educa; la labor de técnicos y obreros se perfecciona en logros de belleza y pulcritud; en torno de los editores responsables se agrupan los directores de colecciones, intelectuales de reconocida competencia, cuyas cualides y saber quedaban antes sin empleo en empresas de esta índole; son cada vez más numerosos los hombres cultos que hacen una profesión del traducir obras literarias o científicas a nuestra lengua. Y solo con el auge de esta actividad podrán algún día nuestros hombres de letras vivir de sus creaciones.

Es de recordar además un beneficio que nos alcanza a todos por igual: la caudalosa corriente de exportación editorial que lleva nuestros pensamientos, sentimientos e imaginaciones ─junto con los de los más afamados autores─ por todo el Continente. Véase cómo por la no imaginada vía de la industria y comercio libreros el nombre argentino resuena en "América toda" con aquél timbre señero que (¡ay!) hemos ido perdiendo en otros campos ideales.

Esa feria señala una etapa memorable. Pero quienes la han realizado deben aprestarse a nuevas superaciones y considerarla como un hito en el largo, difícil, glorioso camino.

Dejo también las imágenes del texto, pero invito a visitar el sitio del AHiRA.


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